Domingo, 14 Mayo 2017 00:00

Diario del final del Sitio - Martes 14 de Mayo de 1867

Escrito por  Redacción
Valora este artículo
(1 Voto)

Querétaro, 14 de mayo de 1867
   
    Nadie piensa ya en la plaza, sino en salir y todos los movimientos que se verifican por todos tienden a la ejecución del proyecto de salida que se habrá de realizar esta noche o la madrugada de mañana concretamente.
   
    Algunos de los generales, jefes y oficiales que no están dispuestos a salir de la plaza, pues consideran que en la salida se habrá de formar un inmenso lago de sangre imperialista, se han ocultado o se ocultarán hacia la media noche o en la madrugada.

    Durante el día desertan varios individuos de tropa especialmente del Batallón del Emperador y del Batallón Márquez, pues muchos soldados no quieren acudir mañana de madrugada a su inexorable muerte que parece llegará en el momento en que se intente la salida, según parte del capitán Rodrigo Adalid.
   
    Como ha corrido entre los republicanos la versión del intento de salida y que ésta habrá de verificarse por el Cerro de San Gregorio, al atardecer el general en jefe don Mariano Escobedo, recorre la línea del Norte y el Oriente tomando las disposiciones necesarias para reforzar la línea sobre la que se cargará. Miramón ha hecho correr esa versión, para salir por otro rumbo.
   
    Hacia las 6 de la tarde la solitaria figura de un coronel se desprende de la masa de casas de la población, va vestido con elegancia y en la punta de su espada ondea el pañuelo blanco de parlamentario; se acerca a las líneas republicanas de Noreste, al lugar más saliente hacia la plaza.
   
    Allí está, frente a la ya famosa trinchera de entre la Casa de Matanza y el Panteón Santiago; justo en la avanzada que llega hasta la calle de La Espada, que manda el teniente Concepción Soberanes.
   
    Lacónico, informa López a Soberanes, que desea hablar con el jefe del sector, por lo que se da parte al coronel Julio María Cervantes, que ordena lleven a López a su presencia.
   
    Se le conduce ante el coronel Julio María Cervantes, que en el Molino de San Antonio está comiendo con Carlos Fuero, Juan López y Evaristo Dávalos; ante ellos se identifica: es el coronel Miguel López y solicita hablar urgentemente con el General en Jefe don Mariano Escobedo.
   
    Avisado inmediatamente por Dávalos, el general Escobedo de lo que pretende, ordena que no se conduzca ante él a quien se dice llamar Miguel López, sino que él acudirá a la tienda del coronel Julio Ma. Cervantes para hablar con el jefe imperialista.
   
    Poco después el General Mariano Escobedo, llega al alojamiento de don Julio María Cervantes, donde se encuentra el coronel Miguel López, quien le es presentado e inmediatamente después pide a éste hablar reservadamente con el General en Jefe, y lo hacen, tan reservadamente, que nadie se da cuenta de lo que conversan.
   
    Tan pronto como esto concluye, el General en Jefe ordena que se permita al coronel Miguel López reintegrarse a las líneas de la plaza, dándole la protección necesaria.
   
    Apenas Miguel López se retira, el General en Jefe comienza a dar determinantes y precisas disposiciones para un ataque que habrá de verificarse a las tres de la madrugada de mañana a la Cruz, haciendo responsable directo del movimiento al general Francisco Vélez, a quien ordena se busque.
   
    Poco después de dictadas las disposiciones del General en Jefe, todo es actividad en las líneas de Norte y Oriente de los sitiadores y prevención en las de Poniente y Sur; desde el anochecer hay una tremenda tensión una expectación entre todos los sitiados, pues sin saber cuáles, se esperan grandes acontecimientos.
   
    Esta misma tensión y expectación se riega en la ciudad, en la que se hacen mil preparativos para sucesos por venir, que nadie acierta a saber cuáles son, pero que se tiene por seguro, sean el rompimiento del Sitio con todas sus consecuencias.
   
    Lúgubre, por la noche se verifica la salida de las monjas consentidas de Maximiliano, las Carmelitas del Convento de Teresitas, que por los vecinos son acogidas en la portería del convento y llevadas a diversas casas, ya en carro o a pie.
   
    Movimiento inusitado hay en el Cuartel General de la Cruz en una noche especialmente oscura, en la que ni un tiro, ni un grito de alarma, ni un cañonazo se dejan oír y sólo el ominoso y pesado silencio se escucha.
   
    Acatando sus órdenes, entre los más adictos a Maximiliano: Basch, Salm Salm, Pradillo, Blasio, se distribuye una gruesa suma de oro y entre la tropa, $5,000.00 en moneda fraccionaria aquél y ésta, arrancados por violencia a los queretanos; el coronel Miguel López recibió con disgusto sólo $100.00 de plata; en el reparto alcanzan Grill y Tudos, los criados extranjeros y Severo el Mexicano.
   
    Maximiliano se ha reunido con algunos de los generales para tomar las últimas determinaciones antes de intentar la salida y muy poco se ha enterado de lo tratado en esa junta, pues está nervioso, inquieto; varias veces pregunta por López.
   
    Se resuelve a petición de Méndez, que considera necesario arengar a su división, otro aplazamiento; la salida no será esta noche, sino la de mañana.
   
    Maximiliano no deseaba hacer aprecio de la petición de Méndez, pero Castillo le induce a que acceda.
   
    Miramón, entre tanto, ordena ya lo necesario para la salida cuando se presenta Castillo y le informa del aplazamiento.
   
    Indignado Miramón, acude con Castillo a la Cruz, para convencer a Maximiliano de que la salida sea luego, pero preponderan las opiniones de Méndez y Castillo; Maximiliano trata de conformar a Miramón que se muestra disgustado, diciéndole que, en una operación tan importante, nada significan 24 horas más.
   
    Miramón le replica: “Señor, Dios nos guarde estas veinticuatro horas.”       
   
    Se despide, se va a dormir un poco, dice, porque no ha dormido en las dos últimas noches. Suenan las once en la lúgubre noche.
   
    En la puerta de su casa, Miramón se encuentra a Mejía y le informa del aplazamiento, ambos se retiran a descansar.
   
    Todos los objetos de Maximiliano se han distribuido entre los soldados que formarán su escolta y él ha dicho a su médico: “Estoy contento de haber llegado por fin a una conclusión; tengo esperanzas de que nos saldremos con la empresa. Confío en mi buena estrella que no me ha abandonado hasta ahora; … dirá usted que es superstición, pero mañana es el día onomástico de mi madre, y creo que esto me traerá suerte.”
   
    A las 11 de la noche, Miguel López se entrevista con Maximiliano y como aquél irá cerca de éste cuando mañana se intente la huida, le suplica que en caso de que caiga herido, de fin a su vida con un balazo en la cabeza y, por razones que nadie conoce, ¡Maximiliano condecora a López! Todos ignoran de qué más habla en la entrevista.
   
    Cuando López se retira, Maximiliano conversa con Salm Salm y le dice: “Sé que usted no se encuentra satisfecho con esta demora”. “–Señor – replica Salm Salm, -Debo confesar que estoy tan poco satisfecho con esta detención, como que no puedo aprobar las razones de los generales. - Pues bien-, dice Maximiliano, -Un día más o menos, no importa. Tenga usted cuidado que los húsares y Guardia de Corps, dejen los caballos ensillados. -“     
   
    Salm Salm, ve que se ejecute la desconcertante orden y se retira a su habitación. Pide una botella de champagne y la toma con su compañero de alojamiento Schwesinger, después de lo cual, se acuesta, dejando listos sable y pistola.
   
    Entre tanto, en el campo republicano el general Mariano Escobedo, concreta sus órdenes de la tarde y dice al general Francisco Vélez: “-A las cuatro de la mañana ha de venir López para conducir a usted con las tropas. Sitúese en la línea de Arce, que está frente a la Cruz, y allí esperen a López…-“  Vélez contesta: “-¿Por qué, señor, se ha fijado usted en mí, cuando tiene usted sesenta generales de más confianza por ser liberales probados, mientras que yo soy nuevo en este partido?”

    Lacónico, Escobedo le dice: “¡Pues usted va!” y así, comienza a prepararse Vélez para cumplir la misión que se le ha encomendado. Se extiende una noche negra, intensa, profunda, silenciosa… propicia al misterio.    

 

Tomado del libro "El Sitio de Querétaro y El Triunfo de la República" de José Guadalupe Ramírez

Ediciones Culturales del Estado de Querétaro. 1973

                                                                                                                                                                                                                                                      

Visto 174 veces Modificado por última vez en Domingo, 14 Mayo 2017 14:24