Domingo, 18 Junio 2017 00:00

Diario del Final del Imperio - Martes 18 de Junio de 1867

Escrito por  Redacción
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Querétaro, 18 de junio de 1867

                Recibe Maximiliano contestación de los generales presos en Teresitas: “Señor: Hemos recibido la afectuosa y tierna carta de V. M. fechada ayer, en la cual se digna expresar de su puño y letra los nobles sentimientos que continúa abrigando en este momento terrible para con los generales y jefes de su ejército. Como una gran parte de nuestros compañeros no están en comunicación con nosotros, no hemos podido aún darles noticia de la carta de V. M., lo cual haremos tan luego como nos sea posible.

                ¡Señor! También nosotros, generales vencidos, estamos en el camino que conduce al suplicio; si tal ha de ser nuestra suerte, nos volveremos a ver, Señor, en el cielo con V. M. y con nuestra generosa emperatriz, que está ya entre los ángeles.

                ¡Señor! Somos de V. M. sus entusiastas servidores.”

                Firman M. M. Escobar, J. L. Casanova, C. Moret, J. Herrera y Lozada.

                Acuden a visitar a Maximiliano el barón de Magnus y el vicecónsul de Hamburgo Banhsen, a quienes acompaña el médico alemán Szanger para tratar lo relativo al embalsamamiento, pues aseguran que nada se conseguirá hoy para impedir el fusilamiento mañana.

                Acude el abogado Vázquez, quien recibe papeles y objetos personales de Maximiliano y Basch, que deberá cuidar y entregar después, para ser llevados a Europa.

                Maximiliano se dirige al Presidente Juárez en telegrama, ya arreglada la línea: “Deseo que se perdone la vida a los señores D. Miguel Miramón y D. Tomás Mejía, los cuales anteayer probaron todas las angustias y todas las amarguras de la muerte para que yo sea la única víctima que es lo que pedía desde que caí prisionero.”

                Inmediatamente escribe Maximiliano una carta al Presidente Juárez que fecha el 19, pues desea que se le envíe hasta después de su muerte.

                Visita ahora a Maximiliano el M. I. Sr. Cango. Pedro Ladrón de Guevara y lo confiesa; asimismo recibe la visita de los coroneles Villanueva y Palacios, quienes informan a Magnus y Basch que Maximiliano deberá entenderse directamente con el General en Jefe Mariano Escobedo sobre lo referente a su cadáver; al enterarse Maximiliano exclama: “¡Esto si que es indecente!”

                Sin embargo, escribe este recado: “Señor general: deseo, si me es posible, que mi cuerpo sea entregado al señor barón de Magnus y al señor doctor Samuel Basch para que sea conducido a Europa, y el señor Magnus, se encargará del embalsamamiento, conducirlo y demás cosas necesarias. Maximiliano.”

                Miramón, recibe los telegramas que le envían, uno su esposa despidiéndose de él y otro la Asociación gregoriana, compuesta por militares, también de despedida y confortación.

                Visita a los prisioneros el General en Jefe Mariano Escobedo; de Maximiliano recibe un obsequio, un retrato don esta dedicatoria: “Al Sr. Gral. Mariano Escobedo, 18 de junio de 1867. Maximiliano.”

                Con gran señorío, el general Escobedo, agradeciendo que Mejía le ha salvado la vida, le propone a don Tomás que se vaya a San Luis Potosí para el arreglo de su situación, que él lo enviará fuertemente escoltado, bajo su responsabilidad; pero se niega Mejía a aceptar el ofrecimiento si sus compañeros van a ser fusilados, pues quiere con ellos correr la misma suerte.

                A su fiel ministro don Manuel Aguirre, Maximiliano, dedica una estampa de la Asunción con un autógrafo que dice: “A mi buen y fiel amigo Manuel Aguirre. Junio de 1867. Maximiliano.”

                Miramón comienza a escribir una tiernísima carta a su esposa, en la que particularmente le encarga entregar muchas cartas escritas a parientes y amigos con las que les deja algunos recuerdos, que arregle los honorarios de los defensores y que cuide una trenza de su madre en poder de Ordoñez.

                Todo es movimiento en la celda de Maximiliano, ahora la ocupan el sentenciado a muerte y el M. I. Cango. Vicario Capitular Sede Vacante Manuel Soria y Beña, quien le trae el borrador de una carta que el condenado desea enviar al Papa Pío IX.

                La lee el Vicario Capitular y Maximiliano, le hace algunas correcciones… que se le agregue la palabra “obediente” y una frase en que le encarga celebre una misa por su alma.

                Al fin la carta está lista.

                “Prisión en el Monasterio de Capuchinas en Querétaro, a 18 de junio de 1867.- Beatísimo Padre: Al partir para el patíbulo a sufrir una muerte no merecida, conmovido vivamente mi corazón y con todo el afecto de hijo de la Santa Iglesia, me dirijo a V. Santidad, dando la más cabal y completa satisfacción, por las faltas que pueda haber tenido para con al Vicario de Jesucristo, y por todo aquello en que haya sido lastimado su paternal corazón, suplicando alcanzar como lo espero, de tan buen Padre, el correspondiente perdón. También ruego humildemente a la V. Santidad, no ser olvidado en vuestras fervorosas oraciones, y si fuere posible, aplicar una misa por mi pobrecita alma. De V. Santidad humilde y obediente hijo que pide su bendición apostólica. Maximiliano.”

                Puesta en limpio, la firma Maximiliano y la entrega al Vicario Capitular, quien la toma y la coloca delicadamente en su bolsa para enviarla al Vaticano.

                Suplica al Vicario Capitular Maximiliano que entreviste al General en Jefe para que lo autorice a celebrar misa mañana, antes del fusilamiento.

                Unos momentos después, el Vicario Capitular habla en el Cuartel General con don Mariano Escobedo y al decirle que celebrara a las 7 la misa en el convento de Capuchinas para los sentenciados a muerte, el General en Jefe le dice “Que sea a las cinco.”

                Retorna el Vicario Capitular e informa a Maximiliano de la hora en que será la misa y éste comenta: “¡Ah! ¡Ah! ¡Quiere decir que la cosa ha de ser temprano! Bien, bien, a las cuatro de la mañana me tiene usted listo.”

                Continúa Miramón su correspondencia final y ahora es al general Ramírez de Arellano a quien se dirige: “Querido Manuel, - le dice- aprovecho el tiempo de prórroga para escribirle cuatro letras… Concha sale para el extranjero: mis hijos creo volverán; si así fuere y tú ocupares el puesto que por tu talento y servicios estás llamado a ocupar, acuérdate que son mis hijos, y si necesitan alguna cosa, procura que les sea satisfecha y procura igualmente que Miguel jamás tome las armas, si no es contra el enemigo extranjero; hombre de honor y con un nombre limpio, aunque a mis enemigos les pese, sería sacrificado como su padre. Adiós querido amigo, que la suerte en esta vida te sea más feliz que a tu apasionado Miguel. Capuchinas de Querétaro, junio de 1867.”

                Inexorable se acerca la noche.

                En San Luis Potosí la desesperada lucha por obtener el indulto sigue; no es ya sólo el patético telegrama del barón de Magnus el que aflige al Presidente de la República, es la visita de los defensores de Maximiliano que suplican, suplican y suplican aún con lágrimas en los ojos.

                Inflexible Don Benito Juárez les dice, para poner punto final a la penosa entrevista: “Al cumplir ustedes el cargo de defensores, han padecido mucho por la inflexibilidad del Gobierno. Hoy no pueden comprender la necesidad de ella, ni la justicia que la apoya. Al tiempo, está reservado apreciarla. La ley y la sentencia son en el momento inexorables, porque así lo exige la salud pública. Ella también puede aconsejarnos la economía de sangre, y éste será el mayor placer de mi vida.”

                Todavía queda al Presidente de la República una penosa entrevista, pues le espera, con exigencia de verlo, la princesa Inés de Salm Salm, quien pugna por entrar a toda costa.

                Al fin se la recibe y ella, apasionada, da muchas, muchísimas razones, hace ofrecimientos a nombre de Maximiliano.

                A cada razonamiento sigue una negativa.

                Al fin no puede más la princesa y cae de rodillas, suplicante. Abraza las piernas del Presidente de la República y Don Benito Juárez sufre, está profunda y verdaderamente conmovido, pero no hay un instante de flaqueza.

                Sacando fuerzas de su emoción le dice a la princesa: “Señora, me causa verdadero dolor verla de rodillas, mas, aunque todos los reyes y todas las reinas estuvieran en vuestro lugar, no podría perdonarle la vida; no soy yo quien se la quita; son el pueblo y la ley los que piden su muerte; si yo no hiciese su voluntad del pueblo, entonces éste le quitaría a él la vida y aún pediría la mía también.”

                Exaltadamente en el Hotel de Diligencias, aquí en Querétaro, un grupo de oficiales sobre si se concederá o no el indulto a Maximiliano; uno de los oficiales ante la posibilidad del indulto dice alzando la voz y dando un fuerte puñetazo sobre la mesa. “Deberían partir el cadáver de Maximiliano y repartir sus pedazos entre todos los estados.”

                Son oficiales que han peleado por años, que han sufrido pérdida de seres queridos, que han visto caer en el campo de batalla a muchos entrañables amigos.

                También en México, se discute lo del indulto y el general Porfirio Díaz comenta, con íntimos: “Si se concede el indulto, no sé cómo voy a poder contener al ejército.”

                Solicita Doña Concha Lombardo entrevista al Presidente Juárez, pero se niega a recibirla, pues son ya muchas las emociones recibidas y explica: “Excúsenme de esa penosa entrevista, que haría sufrir mucho a la señora con lo irrevocable de la resolución tomada.” Doña Concha se aleja angustiada, llorosa, abrazando a sus pequeños hijos a punto de caer como fulminada por el dolor.

                A las ocho, Mejía formula un sencillo testamento en el que deja dos casas de adobe y 18 vacas, sus únicas propiedades, a su esposa y a su hijo recién nacido.

                A esa misma hora, Maximiliano, se acuesta y pronto queda dormido, justo en la víspera de su fusilamiento; ya se les había advertido a los prisioneros que sería a las 7 de la mañana y no a las 11 como inicialmente parecía haberse acordado.

                Escribe en su diario Miramón, el que comenzó desde el 26 de mayo, estas desgarradoras y al mismo tiempo consoladoras palabras: “Todas las puertas se han cerrado, menos la del cielo…”

                Hacia las 9 de la noche llega a la prisión de Capuchinas el coronel Palacios con una orden del General en Jefe Mariano Escobedo, en la que se informa a Maximiliano que su última voluntad sobre su cadáver será fielmente cumplida.

                Durante lo que va de la noche, ha estado trabajando el Cuartel General en la preparación de la orden de la plaza, disponiendo los efectivos que deben acudir al Cerro de las Campanas a formar el cuadro, quienes deben dar escolta a Maximiliano, Miramón y Mejía para conducirlos al Cerro de las Campanas y llamando a quienes de los cocheros de sitio quieran llevarlos, uno en cada uno.

                Serán las 11:30 cuando el General en Jefe Mariano Escobedo llega a la prisión de Capuchinas, se le ve preocupado, nervioso, ausente casi.

                Se le adelanta el médico Rivadeneira, penetra a la celda de Maximiliano y como se encuentra dormido, por conducto del médico Samuel Basch se le despierta y se le anuncia la visita del general Escobedo.

                Los médicos salen de la celda y sólo quedan el vencedor y el vencido, ignorándose sobre qué hablan en estos últimos minutos del día postrero que completo vive Maximiliano. Poco después sale Escobedo; acompañado de Rivadeneira se retira de la prisión a su casa que está cerca; a la vuelta.

                Maximiliano asegura: “Escobedo vino a despedirse de mí. ¡Vaya! De mejor gana hubiera seguido yo durmiendo”.

                Unos minutos se queda pensativo Maximiliano a quien acompaña su médico, los criados duermen en un cuarto del mismo corredor.

                Miramón firma la última página de su diario con su solo nombre: Miguel.

                Van apagándose las luces de las celdas que ocupan los prisioneros, la “Santa Rita de Casia” de Maximiliano, la “Santa Úrsula” de Miramón y la “Santa Teresa” de Mejía.

                Poco movimiento hay en la prisión, todos, aun los guardias están sobrecogidos, expectantes, esperando, sin pretender que llegue pronto, el día de mañana.

                Activamente trabaja el telégrafo en el Cuartel General, que está recibiendo un largo mensaje del Supremo Gobierno, desde San Luis Potosí:

                “Telegrama. San Luis Potosí, junio 18 de 1867. A las nueve de la mañana. C. General Mariano Escobedo. Querétaro. Se ha pedido al Gobierno que una vez que se verifique la ejecución de Maximiliano, permitiera disponer del cadáver para llevarlo a Europa.

                Nos e ha concedido esto, pero con motivo de tal petición, el C. Presidente de la República ha acordado, que se sirva usted proceder conforme a las instrucciones siguientes:

Primera. - Una vez que se verifique la ejecución de los sentenciados, si los deudos de don Miguel Miramón y de don Tomás Mejía, piden disponer de los cadáveres, permitirá usted que desde luego puedan disponer libremente de ellos.

Segunda. - Sólo usted dispondrá lo conveniente respecto del cadáver de Maximiliano, rehusando que pueda disponer algo otra cualquiera persona.

Tercera. - Oportunamente mandará usted hacer cajas de zinc y madera, para guardar de un modo conveniente el cadáver de Maximiliano el cadáver de Maximiliano, y también para los de don Miguel Miramón y don Tomás Mejía, si no los piden sus deudos.

Cuarta. - Si alguno pidiere que se le permita embalsamar o inyectar el cadáver de Maximiliano, o hacer alguna otra cosa que no tenga inconveniente, rehusará usted que lo disponga otra persona, pero en tal caso usted lo dispondrá, previniendo que, sin rehusarse la presencia de extranjeros, se haga por mexicanos de la confianza de usted, que todo se haga de un modo conveniente por cuenta del Gobierno.

Quinta. - Una vez que se verifique la ejecución, prevendrá usted que desde luego se cuide del cadáver de Maximiliano y también de los otros, si no lo piden sus deudos, con el decoro que corresponde después de que se ha cumplido con la justicia.

Sexta. - Dispondrá usted que el cadáver de Maximiliano se deposite en un lugar conveniente y seguro, bajo la vigilancia de la autoridad.

Séptima. - Para el depósito del cadáver de Maximiliano y de los otros, si no lo piden sus deudos, encargará usted que se hagan los actos religiosos acostumbrados.

Lerdo de Tejada.”

                Allá a lo lejos, las montañas del oriente, de donde partió el primer cañonazo del sitio el 13 de marzo, comienzan a insinuarse con la claridad de un nuevo día.

 

Mañana la última entrega.

Tomado del libro "El Sitio de Querétaro y El Triunfo de la República" de José Guadalupe Ramírez

Ediciones Culturales del Estado de Querétaro. 1973

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