Martes, 16 Mayo 2017 00:00

Diario del Final del Imperio - Jueves 16 de Mayo de 1867

Escrito por  Redacción
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Querétaro, 16 de mayo de 1867

 

 

     A la confusión vertiginosa de ayer, ha seguido hoy una relativa calma, volviendo lentamente la normalidad a todos los centros citadinos, así a los de trabajo, como a los templos, a los hogares y aun a los colegios.

     Continúa la desesperada cacería de los generales y altos jefes del ejército imperial que desde ayer y para siempre han dejado de serlo; especialmente se persigue al general Ramón Méndez a quien, pese a la tenaz búsqueda, no ha sido posible encontrar en toda la ciudad, aun cuando se han cateado muchísimas casas.

     En las primeras horas de la mañana, el General en Jefe don Mariano Escobedo, orden afijar en los parajes públicos por decreto por el cual se previene a los jefes y oficiales imperialistas que, de no presentarse al Cuartel General establecido en La Purísima, de ser encontrados, serán inmediatamente pasados por las armas. Este decreto tiene inmediatos resultados, puesto que se presentan los generales Francisco Casanova, Manuel Escobar, Pantaleón Moret, Pedro Valdez y el que fuera ministro de Maximiliano, Manuel García Aguirre.

     También durante la mañana el General en Jefe, tomó la importante decisión de enviar a México al general Francisco A. Vélez, que con las tropas a su mando, tomó ayer la ciudad, a fin de que auxilie al general Porfirio Díaz, que tiene sitiada a la capital de la República; muchos de los soldados republicanos van rumbo a México, no habiéndoseles permitido ni siquiera el mínimo reposo, pues es apremiante que la capital quede en poder de los republicanos para que se reinstalen en ella los poderes federales.

     Todos los prisioneros, han quedado bajo la vigilancia personal del general José María Echegaray, quien de inmediato dispone de los que se encuentran en la Cruz, se dividan; los de alta graduación en la capilla anexa y los oficiales de bajo grado en la nave principal del templo.

     Comienza la población civil a tener alimentos que de inmediato son llevados al interior por los soldados del ejército republicano y distribuidos entre los menesterosos que son casi todos los queretanos.

     Inmediatamente, se restaura la autoridad local, haciéndose cargo de la Comandancia Militar el coronel Julio María Cervantes, quien instala su cuartel en la casa de los señores Veraza en la calle del Biombo, toda vez que los edificios públicos están convertidos en cárceles y en cuarteles; preocupa a las autoridades locales la absoluta falta de fondos para proveer a las necesidades públicas que son muchas, especialmente la de librar a la ciudad del peligro de la peste por los muchos cadáveres regados en torno.

     Maximiliano, preso en la Cruz, se encuentra en cierto estado de gravedad, pues se acentúan todos los males físicos que le aquejaron en los últimos días y que ayer comenzaron a hacer crisis; el médico Samuel Basch ha pedido el auxilio del médico republicano Rivadeneira para que entre ambos atiendan al enfermo y han dictaminado que debe ser trasladado a un lugar más higiénico.

     De la casa de Carlos Rubio, comenzaron a enviar alimento adecuado a Maximiliano, dada su enfermedad y los jefes republicanos, quienes han dado un trato generoso a los prisioneros, están permitiendo que se introduzcan estos alimentos de los que participan los compañeros de prisión de Maximiliano.

    Dado su estado de salud, Maximiliano se ha visto obligado a decir a su médico “no daré a mis enemigos el gusto de mostrar debilidad o miedo”, en virtud de que son muchos aún los republicanos que pretenden y lo han logrado, penetrar a la celda de Maximiliano para conocerlo; algunos han tenido actitudes hostiles ante quien produjo tanta desgracia al pueblo de México, pero ninguno le ha faltado al respeto a su dignidad humana, ni a su calidad de prisionero.

    Durante la noche se escuchan todavía algunos tiros de fusil, que son más efecto del entusiasmo de las tropas triunfantes, que intención de ocasionar daño; muchos soldados que forzadamente sirvieron al desaparecido ejército imperial, son aceptados como elementos de tropa en el ejército republicano y están tratando de agregarse a quienes parte a México a combatir contra quienes obstinadamente pretenden sostener la capital, pese a que ya debe conocerse la caída de Querétaro, noticia a la que no quieren dar crédito.

    Maximiliano, al anochecer, hizo venir a su celda al coronel republicano Margasio, para hacerle saber que él respondía de su persona y de quienes estaban presos a su lado, pero que no podía responder de lo que intentasen los demás prisioneros, lo cual resulta positivamente inútil, ya que nadie lo ha responsabilizado de la conducta de todos los prisioneros, pues tiene bastante con las responsabilidades contraídas por su intrusión en los negocios públicos del país que concluyó ayer.

    Al permitírselo sus actividades, el General en Jefe, escribe al Ministro de Guerra:

     “Al caer ayer preso Maximiliano, me ha suplicado le conceda lo que consta en los siguientes puntos:

    1º. – Que existía en poder de Lacunza su abdicación firmada, para el caso de ser aprehendido.

    2º. – Que, si es necesaria alguna víctima, lo sea la de mi persona.

    3º. – Que sea bien tratado mi séquito y servidumbre, por la lealtad con que me han acompañado en los peligros y vicisitudes.

    Me ha dicho también que no desea otra cosa que salir de México, y que, en consecuencia, espera que se le dé la custodia necesaria para embarcarse.

     Le he contestado que nada puedo concederle y que lo que puedo hacer, es darle cuenta al Supremo Gobierno, como lo hago, a fin de que resuelva lo conveniente.”

 

Tomado del libro "El Sitio de Querétaro y El Triunfo de la República" de José Guadalupe Ramírez

Ediciones Culturales del Estado de Querétaro. 1973

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