Domingo, 26 Febrero 2017 00:00

19 de febrero de 1867

Escrito por  La Lengua de Dante
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El día de ayer llegó a nuestra ciudad Maximiliano, el Habsburgo; tardó poco más de dos horas en bajar de la Cuesta China para llegar hasta la garita de México en donde ya le esperaban Don Miguel Miramón y Don Tomás Mejía, entre otros jefes imperialistas.

Tras el encuentro, enfilaron todos rumbo al centro de la ciudad, específicamente al Casino Español, en la calle de Hospital, la presencia de Maximiliano, no es poca cosa, sus poco más de un metro y ochenta centímetros, le hacen sobresalir del grueso de la comitiva que le acompaña; sus rubios rulos, su frente ancha, su nariz afilada y su característica barba, le vuelven inconfundible, los rasgos de la casa de Habsburgo le vuelven inconfundible; la gente en Querétaro no es propiamente imperialista, es conservadora, si, muy mocha quizá, pero no imperialista, no obstante, le profesan cierta admiración y cariño al llamado emperador, pero ello es a resultas de que adhesión de Tomás Mejía a la causa, más que imperialista y conservadora, que prohija la Iglesia mexicana, Tomás Mejía si es en efecto, alguien muy querido en la rancia sociedad queretana de la época y ello le vale al Habsburgo, contar con amplias simpatías por parte de buena parte de la sociedad queretana.

No es la primera vez que Maximiliano se encuentra en nuestra ciudad, sin embargo el sabe, que ésta, será la última, quizá como emperador, pero una cosa es cierta, que será la última encarnando esa dignidad; la melancolía que, desde siempre le ha caracterizado, se hace más latente en la ausencia de miras en esos ojos color azul que parecen no querer mirar a nada ni a nadie.

Nadie lo dice, pero en el ambiente en la ciudad, no se percibe ni de lejos, un ánimo triunfalista, así lo discurren en las distintas mesas en las que conviven las opiniones de uno y otro bando, ambas partes saben que, es cuestión de tiempo, saben de qué manera terminará la historia, pero nadie se aventura a predecir un buen final para la causa del Imperio, los números simplemente no les dan, pues mientras que el ejército imperial prácticamente se ha concentrado en su totalidad, del lado del ejército republicanos continúan llegando los refuerzos humanos y pertrechos necesarios para un combate que puede alargarse en el transcurso de las semanas siguientes.

Los imperialistas nunca rebasarán el número de 10,000 efectivos y con una población que no rebasa más allá de los 50,000 habitantes poco efectivas habrán de resultar las levas obligatorias entre la población masculina; los imperialistas y los afectos a la causa no lo saben a ciencia cierta, empero tienen la certeza de ser doblados en número de efectivos varias veces; los más ilustrados en el tema señalan que los efectivos republicanos se acercan a 50,000 efectivos y saben lo que eso significa, le apuestan sin embargo, al Soldado de Dios, que casi siempre peleando en condiciones de inferioridad, ha salido avante en no pocas ocasiones.

La gallardía, el valor, la lealtad y el pundonor de Miramón, es algo de lo que levanta el ánimo de muchos de los que habrán de ser sitiados en los próximos días, la presencia del Macabeo, levanta el ánimo de muchos, no así el ánimo caído y la salud menguada de Tomás Mejía, a quien sus 47 años, comienzan a pasarle la factura.

El ambiente entonces, no es de fiesta y todos los saben, saben también lo que se avecina cuando la población se percata de que están, prácticamente rodeados, saben que no se presagian cosas buenas, sin embargo, la vida transcurre casi con normalidad, con la salvedad, de que saben que, Maximiliano ha pasado la primera de las últimas noches en las que habrá de pernoctar en éstas tierras y en ésta vida.

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